Especial de Pocoyó

Pocoyó y el Circo Espacial

Hace unas semanas, nos comunicaron al departamento audiovisual de Zinkia que se habia llegado a un acuerdo con TVE para emitir un especial de Pocoyó esta navidad, donde además de emitir por primera vez en televisión el corto Pocoyó y el Circo Espacial (auténtico protagonista del programa), se emitiría la pieza Pocoyó Dance!, junto con un episodio elegido por internautas a través de la web de Televisión Española.

A mis compañeros Giu Camblor y Alfonso Rodríguez se les ocurrió la genial idea de darle al empaquetado una entidad y continuidad propias, haciendo que las piezas fueran como secciones de un programa de televisión en formato late night show, pero con el estilo inconfundible de la serie. Producción Ejecutiva dio el visto bueno, Dirección dijo que adelante, y tras conceder recursos de animación, postproducción y sonido, se comenzó con el desarrollo de la idea y su materialización.

Lo interesante de esta pieza es que fue una idea del equipo de trabajo de Pocoyó, que quiso hacer un empaquetado  realmente especial, darle un valor añadido a pesar de que no se disponía de mucho tiempo ni recursos. Para poder llevarla a cabo, hubo que dedicar muchas horas extra, incluso alguna noche en vela, y en general creo que es admirable la manera en que lo han dirigido mis compañeros.

Cuando hay un concepto muy concreto que llevar a cabo, da gusto trabajar en un proyecto. En este caso fue así. Giu  y Alfonso lo tenían claro y pelearon porque su idea llegara íntegra al final. El equipo les arropó y todo fue como la seda. Incluso nosotros mismos terminamos sorprendidos por la productividad que hemos llegado a alcanzar.

Al final, en mi opinión el resultado es inmejorable. Es sin duda uno de los mejores proyectos en los que he trabajado dentro de la serie, sobre todo por el espíritu con que se ha realizado. Tanto es así, que al final, aunque esto se trataba de algo pensado y producido específicamente para TVE, Granada International lo quiere tambien para UK, donde volveremos a contar con el genial Stephen Fry, y al final, la pieza se distribuirá en todo el mundo.

Actualización: Se emitirá el domingo 21 de Diciembre a las 9:45 de la mañana.

Manga Ancha

Poco a poco me acerco a la treintena y empiezo a sentirme target de la mayoría de los spots de televisión. Hace ya unos añitos que mi condición de asalariado se asienta, y con ello, me acerco a la flor de la vida consumista en todo su esplendor. Podría comprarme una de esas revistas para hombres que tanto detestaba, como la GQ o la Man, y me encontraría con que ahora además de coches, deportes, ropa y tías buenas, también hablan de los últimos gadgets, de internet, de música, de cine y de series que a mí me gustan. En resumidas cuentas, de un montón de cosas en las que podría tirar mi dinero y mi tiempo gustosamente. Pero, ¿he cambiado tanto? Probablemente no, quizás simplemente es que ahora es mi franja de edad es la que está en el punto de mira, y estas revistas tienen que renovarse contínuamente para estar al tanto de las tendencias, para ofrecer productos que resulten atractivos a hombres a partir de 25 años.

Por un lado, verse en el punto de mira deja una sensación ambigua, y es que al final, aunque cada vez cueste más darse cuenta, quizá no eres tan diferente del resto. Tal vez eso es realmente madurar.

Por otro lado, mi generación ha visto crecer la informática, las redes sociales, los contenidos audiovisuales, y ver que todo esto está transformando la sociedad en el momento en que lees estas líneas es algo que llena de ilusión. También, en cierto modo, es genial saber que perteneces a algo.

Sin embargo, mientras noto que el mercado se interesa en mí, miro los productos para jóvenes y no soy capaz de ubicarlos, me producen cierta repulsión. No hay más que ver la última campaña del ministerio de sanidad, o las nuevas series de televisión como Física o Química, HKM o la aún sin estrenar 18. A pesar de todo, reconozco que dentro de esa repulsión hay cierta curiosidad, y que por eso me he medio enganchado a la primera, entre otras cosas porque me divierte enormemente intentar encajar los nuevos estereotipos -que por cierto, no ví el último, ¿ha palmado alguien?-. Ya no es tan fácil como cuando veíamos las series de instituto de nuestra época, donde teníamos al fumeta abusón, al pardillo, a la hippie, a la sexy, al freak, al rockero, a la mala… También entonces esa representación de los jóvenes nos parecía simplista, frívola y ridícula, pero reconocíamos los estereotipos y lejanamente nos identificábamos con ellos. Ahora los personajes son una mezcla de demasiadas cosas, y aunque la televisión siempre va por detrás de la realidad, es evidente que las cosas hace tiempo que han cambiado. Ellos son un poco hip-hop, un poco emo, y enormemente más sofisticados que nosotros cuando teníamos su edad. Tienen relaciones mucho más complejas gracias a la telefonía móvil y los SMS, a Tuenti, a Youtube, y a la mensajería instantánea, y quizás después de todo no hagan tan mal en pasarse todo el dia delante del ordenador.

Es difícil no caer en la tentación de creernos más listos que ellos, de pensar que nuestra generación fue mejor, que estamos mejor educados y que nuestra manera de relacionarnos es más natural. Sin embargo voy a inaugurar mi nuevo estatus de adulto consumidor y corrientucho, tomando la decisión no cometer ese error recurrente. Algún día ya no tan lejano probablemente tenga hijos, así que mejor empezar a aceptar que desde ya, el desfasado, soy yo.

Malasaña

Cuando arribamos a la plaza del 2 de Mayo por primera vez corría el año 98, y tan solo nos faltó gritar “¡tierra!”.

En aquella época la sala Canciller de San Blas aún daba conciertos, y yo apenas había venido a Madrid más que a hacer algunas compras con la familia. Aún no se habían puesto de moda los jembés. La gente que llenaba el suelo de la plaza a las 11 de la noche de aquel dia charlaba apaciblemente mientras mojaba el gaznate, tan apaciblemente que al acercarnos más a la plaza me impresionó descubrir a casi un centenar de personas sentadas en derredor del arco de Monteleón. Hasta aquel momento no recuerdo haber visto punkis más que en las películas. Me refiero a punkis de verdad, de los de cresta y Dr. Martens. Entonces entendí porqué: estaban todos allí. Al principio los miraba con curiosidad y respeto. Después con familiaridad. Después dejé de mirarlos, a ver si así no me pedían cinco duros para tabaco.

En aquella época las calles del barrio de Malasaña eran el bar más concurrido. Hiciera frio o calor, la gente se repartía por las esquinas con bolsas de hielo, vasos de plástico y algo de priba. Si te cansabas de callejear, podías meterte a cualquier hora en bares como el Hotel California o el No Fun, sitios bastante sórdidos y divertidos donde poder codearte con tabernícolas de primera línea cualquier día de la semana y sin hora límite prevista. En estos lugares, no sé si es por que había poca luz, o porque el alcohol era en realidad Grog, la gente tenía cierta predisposición a buscarse problemas. Había empujones, tensiones, malos rollos y buenos rollos, y luego te ponían a los Stooges a las tantas de la madrugada y purgabas la histeria como buenamente pudieras. Siempre pasaban cosas que te mantenían despierto. No diré que aquellos bares tenían más encanto que su equivalente de hoy (La Ofrenda - rock hasta las 6), sobre todo porque ahora las noches más interesantes se han trasladado del fin de semana a días laborables o incluso al domingo, y es complicado que a mí me de por dormir poco, pero sí creo que estaba todo algo más diversificado, y qué narices, que eran bares míticos que vieron crecer al barrio.

Aunque pasan los años nunca dejo de volver por las calles de Malasaña, y aunque siempre tiendo a sentir cierta nostalgia por lo vivido, sé que eso aún existe al alcance de mi mano, sé que soy yo el que ha cambiado. La gente con la que me encontraba y compartía las noches sigue ahí, porque Malasaña es un pueblo donde la mayoría crece y espera una jubilación que nunca llega. Tan solo que la noche es capaz de decirnos a la cara quién somos, pero no cómo narices nos vamos a ganar la vida, y mientras te aseguras de que nunca te falte dinero para pagar tu casa, quizá salir entre semana para volver a pasarlo así de bien no sea tan importante.

Fotografía

Cuando tenía 16 años, saqué una vieja cámara réflex de mi padre del armario donde estaba cogiendo polvo. Le puse un carrete y me fuí a la estación de tren del pueblo para tirar algunas fotos. Estaba atardeciendo y conseguí una bonita luz desde el puente que te pasaba al otro lado de las vías, a la zona llamada Las Colonias. El Sol se reflejaba en las vías, y el tono general de la escena era cobrizo. Hice una foto de una jeringuilla medio escondida entre hierba seca que se hallaba en un rincón donde los yonkis de la zona solían pasar las templadas noches de primavera y verano. Otra de mis favoritas de ese carrete la hice en lo alto de un edificio del centro. Era de unas pinzas de colores repartidas a lo largo de una cuerda de tendedero que parecía alejarse hacia un deslumbrante cielo azul.
Podría decir que desde esa primera incursión, siempre tuve en la cabeza a la fotografía como una de mis grandes aficiones. Sin embargo, no pude seguir practicándola en condiciones porque el objetivo de esa antigua cámara comenzó a fallar, y el diafragma ya no funcionaba. Como no podía costearme una nueva, aparqué con cierto penar mis ganas de seguir experimentando, a la vez que veía cómo alguno de mis amigos se aficionaban y progresaban gracias a esa primera incursión mía, y al dinero que sacaban de trabajar en verano en el negocio familiar.

Hace poco recordé aquella vieja Fujica y se me ocurrió buscar en ebay un reemplazo para aquel objetivo roto, y ¡lo encontré! El mismo modelo exacto, a un precio de risa y en perfectas condiciones.
Volver a tener esa cámara en mis manos, funcionando, fue como recuperar una parte de mí mismo. Y así es, que he vuelto a los carretes, al revelado y al papel. Y no dejo de sorprenderme del gustillo que le estoy cogiendo a esto de la fotografía analógica, a escanear los negativos, a el proceso cruzado, el blanco y negro…

Y por cierto, la foto que aparece no es con esa vieja réflex, es con una como esta.

Año de aviones y carreteras

Debo haber cogido unos 20 aviones en los últimos meses. Y habré recorrido unos 4500km en coche con la gira de Havalina que aún continúa. He estado en Alemania, Italia, Francia; y en España en Burgos, Zaragoza, Zamora, Barcelona, Granada, Miranda de Ebro, Sarria y Pontevedra. Pendientes tengo un viaje a Rusia, otro más a Alemania, y conciertos en Valencia y Lugo.

2008 está siendo lo que se dice un año “movidito”, así que si no estoy por aquí, ya sabéis lo que etoy haciendo.